Un día sábado cálido, con vientos que ya traen la primavera. Recorrí las calles del barrio, fui a pasear por el parque y me quedé quietecita en el sol,junto a los ciruelos y aromos en flor. Ya se avecinan paisajes más verdes, días de más luz.
Paseé-en verdad pasié- por los museos y me encontré con las fotos del cubano Abelardo Morell. Y me maravillé con la serie cámara oscura: Él tapia las ventanas de una habitación, dejándola completamente a oscuras, convirtiéndolas en perfectas cámaras oscuras. Abre un pequeño orificio, un pequeño rectángulo y por ahí entra en la habitación toda la inmensidad del exterior. Se cruza toda la intimidad de un pasaje personal con una panorámica de una parte del mundo al revés. Los rascacielos, los campos, los puentes se van derramando en las paredes. El cruce es maravilloso. Es estar en un mundo interior metamorfoseado e intervenido. Cada foto la toma con 8 horas de exposición. Eso me recordó unas fotos de un fotógrafo que ya olvidé, pero que sus imágenes no lograré olvidar. Quizás pudo haber sido alemán. Era parte de una expo de la Bienal de Sao Paulo en el mac, cuando aún se caía a pedacitos (y que hoy lo ví todo emperifollado y tan bien cuidado)
Él tomaba fotos con tres meses de exposición de construcciones de edificios, de puentes, de paisajes urbanos en constante movimiento. En la imagen se superponían los pisos, los cables, los fierros erigidos al cielo y uno perdía el punto de origen, ya nada parecía dar certeza de ser un antes o un después. Ese tiempo había perdurado y creado un tiempo diferente. Ese tiempo que se puede moldear a cada mirada, a cada modo de moverse en el mundo. Son esos tiempos relativos como lo de Jhonny -El Perseguidor- donde quince minutos de su memoria, cabían en los dos minutos que el vagón cruzaba de una a otra estación en el métro.