Este artículo lo escribí en la ya difunta Revista Impulsos, la única revista de Danza que existió en nuestro país. Es sobre el embarazo en bailarinas y se lo dedico a la Cata que bailó con 7 meses nuestra última obra Tacoaguja:

Cuando debe compartirse el movimiento

Con un cuerpo adentro

Extremar la conexión con el propio cuerpo y con otro, es lo que hace del embarazo una experiencia particular en las bailarinas. Entrar en este “estado” es aprender a manejar coordenadas en constante mutación, que modifican el modo de hacer, ver y enseñar la danza.
Constanza Cordovez

Valentina Pavez con el celular en la mano derecha y la mano izquierda sobre el semicírculo perfecto de su abdomen, se ríe: ¿Pero esta entrevista es sobre mi embarazo?. Le causa extrañeza que más que hablar de su labor como presidenta del Sindicato de Artistas de la Danza, Sinattad, o de la compañía Danza en Cruz o de sus creaciones coreográficas, el motivo de la conversación sea algo tan personal. Precisamente por ser bailarina, la experiencia de esperar un hijo no sólo comparte todas las maravillas y dificultades de toda mujer, sino que se vuelve cualitativamente distinta por el hecho de usar como materia prima el cuerpo.
Transfiguración del cuerpo
Seguir bailando mientras el cuerpo se metamorfosea es una experiencia que desbarajusta más de lo previsto. No sólo es el abultamiento progresivo del vientre, sino también el proceso de cambio general que bailarinas, coreógrafas y maestras experimentan fuertemente a nivel corporal. La descompensación del eje y el desequilibrio del peso, hace que poco a poco se dispare el centro de gravedad y todo se maneje con nuevas coordenadas para realizar el movimiento.
Con el embarazo, las rodadas, los trabajos de suelo o fraseos intensos dan paso a secuencias apenas marcadas y a profesoras que aprovechan su estado para observar más y dar mejores instrucciones para que los alumnos hagan lo que ellas quieren transmitirles.
Aprender a observar es uno de los puntos de coincidencia entre las bailarinas embarazadas. Como si tener otro pequeño cuerpo, otros diminutos sentidos creciendo, agudizara su sensibilidad.
“Antes yo era mucho más activa, más intérprete con mis alumnas. Con el embarazo aprendí a observar más, a estar más tranquila”, comenta Valentina. A Nury Gutes, coreógrafa y maestra de trayectoria que dirige la compañía Silueta de Gos, le ocurrió lo mismo no sólo en el proceso de embarazo. Ahora que tiene a Gabriel, observa conscientemente sus movimientos, mirando con atención cómo se maneja con esa torpeza elástica y cómo se relaciona con el espacio mientras aprende a moverse.
El afinamiento de los sentidos extrema la conexión que ellas tienen con el cuerpo. Es como un juego de recurrencias, cuerpo dentro de cuerpo, una sumatoria de muñecas rusas, una dentro de otra.
La conexión con el cuerpo les permite saber el límite del esfuerzo y hasta dónde pueden llegar para no dañar al pequeño(a), ni extralimitar su cuerpo. Nury está convencida de que “el cuerpo es muy sabio. Con el paso de los meses tus músculos se van poniendo blanditos, no te cuesta elongar, todo se hace con menos esfuerzo. Aunque uno sabe hasta dónde”. Para Valentina, el proceso fue parecido con su primer hijo pero, a diferencia de Nury, que partió a los 6 meses a Francia a tener a su hijo junto a su pareja, Michel, ella siguió dando clases hasta los 8 meses: “Si me esforzaba mucho con saltos, la guata se me ponía dura y yo sabía que tenía que parar. Además, uno lo quiera o no, genera una tensión en los alumnos, ellos te cuidan. Creas un sentimiento de protección, ellos se preocupan por tu estado”.
“Estado” es quizás una de las mejores palabras para el embarazo, porque la mujer transita, se encuentra viviendo un proceso que transcurre lentamente, acompasado al tiempo de la germinación y el crecimiento. Los cambios hormonales, emocionales y de funcionamiento, corporal y síquico, se toman su espacio en el campo perceptivo, y su sensibilidad extrema el radio de sí misma. Algunos le llaman “estado de gracia”, de bienestar, de gravidez, que acarrea todo su peso semántico de estar lleno, pródigo. Nury pensaba, al mirarse al espejo, que “nunca iba a estar tan linda como estuve ese tiempo”.
Cuando Pamela Quero, actriz, bailarina y profesora de expresión corporal, se enteró del resultado positivo del test del embarazo cuando estaba en plena gira con el montaje teatral “Taca Taca Mon Amour’’, con una alta exigencia corporal y sin una pareja estable para armar familia. Cuando comenzó a sentir el peso del embarazo, siguió trabajando igual pero corriendo menos, haciendo más coros y maquillaje. No tuvo tiempo de parar, aunque el proceso lo vivió profundamente, ya que Pamela no sólo experimentó la madurez con la llegada de su hijo, sino que sintió la confirmación de que juntos armarían un mundo propio. “Yo me tocaba la guata y sabía que estaba acompañada y que nada nos iba a faltar. Le hablaba y le decía que íbamos a estar bien, que con él me sentía segura y con fuerza”.
Maternidad
Muchas de las bailarinas se toman unos años antes de asumir la maternidad, para desarrollarse antes como intérpretes o creadoras. Por eso, muchas dilatan el momento a pasados los 30 años o cercanos los 40, lo que conlleva otros riesgos.
Nury Gutes tuvo la confirmación de su primer embarazo a los 42 años. Ella asegura: “No fue por algo profesional, sino que simplemente no estaba preparada para darle cobijo, para hacerle un nido a un ser que depende absolutamente de ti. Sentía que no podía dar raíces”. Pero la noticia fue instantánea, “como un flechazo”, y en ese momento sintió que estaba preparada, que era el momento propicio dentro de su vida profesional y afectiva también.
Mientras cuenta esto, Gabriel sonríe con sus ojos enormes y claros y mueve su pelvis roqueramente. Nury lo observa y me asegura que él acapara toda su atención, que todo pasa a segundo plano mientras está con él.
El proceso que vivió esta coreógrafa no sólo fue distinto por la preocupación de estar una edad “avanzada”, como le dijo el doctor, sino que confluyó el proceso vital en toda su circularidad. A la llegada de Gabriel, después de un excelente embarazo y parto, Nury debió volver al país porque su madre estaba enferma: “Ese período fue bien fuerte, porque mi madre se estaba muriendo y el Gabriel llenaba todo de vida. Fue compartir con la vida y la muerte, experimentar el ciclo de la vida dentro del hogar. Comprendí que todos los cuidados que yo le daba a Gabriel mi madre me los había dado a mí, y la conexión ya no sólo es contigo, con tu hijo, sino también con tus padres”.
Valentina Pavez extraña hoy a su madre, pero comprende que de ella pudo replicar, a su propio modo, toda la experiencia de formación maternal y también un traspaso cultural que dejó como legado. “Ella era una gran mujer, pienso en que tuvo y crió a sus cinco hijos sin problemas, haciendo del folclor y del arte su vida”.
La recuerda como siempre luchadora y por eso quiere prescindir de lo establecido para los períodos de embarazo, “tanto cuidado superficial’’, para compartir con su hijo la pasión que le tiene a la danza.
Pamela fue a tener a Fidel a La Ligua, con su familia y su madre. Se tomó un año para criarlo y cuidarlo. Pero no aguantó estar lejos y volvió al teatro, a Santiago y a la danza. Le costó comenzar de nuevo, reintegrarse, porque ése fue como “un lapso en que desaparecí dentro de este mundo”. Desde ese momento viene trabajando arduamente y Fidel la acompaña a todos los ensayos y las presentaciones, hasta que finalmente lo incluyeron al elenco del proyecto de Daniela Marini “Alto Contraste’’.
Ahora, Pamela dejó de trabajar con La Vitrina y espera poder mantenerse con las clases para poder dedicarle más tiempo a Fidel, que ya tiene siete años.

Un problema social
Tomarse el tiempo que requiere tener un hijo no sólo afecta en lo profesional y afectivo, también es necesario contar con cierta estabilidad laboral y económica para poder mantenerlo. La felicidad hace que las madres-bailarinas olviden todo y hagan frente a lo que venga, pero más que marraquetas bajo el brazo ellas esperan algo de tranquilidad, lo que básicamente radica en tener derecho a los beneficios mínimos de las embarazadas en el mundo laboral.
Para Valentina, tener a su primer hijo, Ariel, fue más calmo que ahora. A los 31 años estaba en un buen momento. Ella y su marido, también bailarín y coreógrafo, trabajaban como profesores del IMBA en México, y no tenían mayores preocupaciones. Sólo le faltaba su familia y su madre, que seguían en Chile: “Ahora ha sido distinto, estoy contenta, pero el estrés del trabajo no ha dejado que me tome el tiempo suficiente. Pude haber bailado hasta los cinco meses cuando terminé con “Mirror’’, pero debo seguir haciendo clases porque como no tengo contrato no tengo derecho ni a pre, ni a post natal. Sólo por solidaridad hemos llegado a acuerdos con la gente del Espiral y el Arcis, para que siga recibiendo parte de mi sueldo, pero la parte de Recursos Humanos de las universidades deberían hacerse responsables. No tenemos ninguna seguridad social como profesionales. Sólo porque mi marido tiene contrato e Isapre podemos salir adelante” señala enfática Valentina.
Y, justamente, velar por la situación social de los bailarines es la tarea que se ha propuesto en su dirección del Sinattad. El acuerdo que mantienen con el Hospital San José es una de las únicas alternativas que poseen las trabajadoras de la danza para acceder a una atención médica y poder sobrellevar, de buena manera, algo tan demandante como un embarazo.